Fue un día de Julio, bajo un cielo sin costuras, desbordante. Solmartillo. Tierrayunque. Airefuego. Y de repente, ella. Entrando hasta el fondo de mi pecho. Infinita en su nívea blancura, diminuta sobre la matriz celeste. Etérea. Ligera. Irresistible en su flujo de formas y vórtices, su promesa de lluvia y sombra, su sedoso atuendo, sus contornos imprecisos.
Fue amor a primera vista, algo más bien platónico: contemplándola embelesado, un zumbido mecánico desvió mi atención hacia las corrientes de calor que distorsionaban el horizonte. Alcé de nuevo la mirada entornando los ojos, deslumbrado por el caleidoscópico fulgor del sol, pero ya no quedaba rastro alguno de blanco. Sólo azul. Un brillante, estático telón azul.
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